Botas

Me puse las botas –de la manera más literal posible. Me calcé un par color aceituna y salí a comerme la Habana.

¿Por qué? Pues muy simple… las botas son, dándole un uso sentimental a la palabra: rudas. Usarlas te hace sentir como si todo el poder del mundo cupiera bajo esas suelas toscas. La tierra se vuelve débil a cada paso… y las piernas (ah, las piernas) lucen infinitamente más largas, más sexys, más carnales. La mujer que usa botas es una Lara Croft en potencia (o al menos eso es lo ella piensa), un proyecto de dominatrix o, en el último de los casos, la simiente de un hombre fuerte.

Da igual, lo que importa es la sensación, la autoridad que desprenden, la arrogancia con que se adueñan de la calle. Usar botas, opino yo, es lo más parecido que hay a estar de pie en un coliseo romano y apuntarle con el arco (piernas) a los leones (hombres).

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