Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.
La inmensa luna diamante era la mejor fortuna
que acompañó al emigrante de aquella España lorquiana y dura.

Cantaba con ese acento que tanto lo distinguía,
risueño me revelaba la copla que así decía:
“Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.

No sé si he podido ser lo que él soñó que yo fuera,
lo cierto es que, mire usted, mi abuelo fue mi primera escuela,
puso raíz en el puerto y estrenó bajo una ceiba
las alas del papalote que me llevaban hasta su tierra.

Mi abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna,
abuelo pintó mi infancia con un verdor aceituna.
Se puede viajar el mundo en los ojos de un abuelo
que nos regala la luna dibujada en un pañuelo.

Un día llegué a su tierra y allí me estaba esperando
la luna de aquel dibujo que desde el cielo iba pregonando:
“Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.

Trajo la gaita asturiana y el pasodoble elegante
pero se quedó conmigo entonando “De dónde son los cantantes…”

Abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna,
artesano de mis alas, carrusel para la altura.

Su sonrisa desafiaba el trueno y el aguacero.
Cuánta ternura cabía bajo las alas de su sombrero.

Mi abuela besó a mi abuelo en luna cuarto menguante;
mi abuela bebió el misterio bendito del asturiano emigrante.

Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.

Ya lo acepté, me es físicamente imposible dejar de pensar en ella con esta canción. Oly se cuela con Liuba como si Asturias viniera toda en un mismo barco. Y es que ella también me llenó la infancia de verde. Cantaba, a diferencia del abuelo Hevia, aquellos boleros tristes de los 60, y movía sus diminutos pies al ritmo del danzón y el cha cha chá (la únicas melodías que se atrevía a bailar).

Sus historias, le revelo a mis amigos, tenían la dulzura perenne de quien se sabe buena. Y lo era. A veces hasta demasiado. Los castigos pasaban por sus manos simplemente para retirarlos. Mi madre se volvía loca. La estás malcriando– decía- la mimas demasiado. Es increíble cuánta razón tenía.

Yo, por supuesto, era feliz. Mi infancia estuvo llena de besos, de cuentos antes de dormir, de batidos helados a la espera de un receso, de recetas de cocina… de amor.

Para mí, Oly era el mundo. Fue amiga, hermana, madre, maestra e incluso a veces, confesora. Yo la adoraba. Todavía hoy, cuando hablo de ella, me despunta en el rostro una sonrisa. Y es que no hay otra manera de recordarla, toda ella era felicidad.

Diciembre me la vuelve a traer en fechas de cumpleaños… estos serían sus 104. Liuba, con los hilos de la luna, me la acerca un poco.

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