Foto de Carlos Ernesto Escalona

Echarse al mar en un barco pequeño y ver cómo se va alejando la tierra (esa franja verde-amarilla que te contiene) es, quizás, una de esas experiencias contradictorias que zarandean el alma. Ahora, mientras me alejo, lloro. Y es un llanto sin lágrimas, uno de esos sollozos tristes que se ahogan en el pecho y no llegan a los ojos.

La inmensidad del mar me sobrecoge.

Tengo miedo -me confieso a mí misma. Miedo. Y unas inconsolables ganas de llorar.

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