venas

Eran tan amargos esos recuerdos que un día decidí abrirme las venas con la vieja navaja de mi bisabuelo. La sangre salió negra, como la tinta de tus poemas, y en ella burbujearon algunos versos. Dejar ir, (me escribiste un día) es más que dos palabras en la práctica.

Yo ensayé la paradoja y, uno a uno, fui donando tus recuerdos. “Transfusión”, lo llamó el médico; “exorcismo”, declaró el cura. Hoy otro cuerpo –que imagino hermoso- recibe tus besos en la plaza vieja.

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