En estos días
todo el viento del mundo sopla en tu dirección.
La Osa Mayor corrige la punta de su cola
y te corona con la estrella que guía la mía. 

Ayer, en una de esas limpiezas generales que siempre hacemos una vez al año, apareció aquel banquito en el que solías encaramarte para llegar al fregadero. Mamá y yo nos quedamos de piedra cuando, escondido debajo de unas cajas, asomó el rostro. Nos miraba desde sus 30 centímetros de altura y parecía gritarnos con cada mota de polvo: ¿se acuerdan de mí? Fue inevitable, las dos nos envolvimos en un abrazo y comenzamos a llenar el piso de lágrimas. Aquel banquito era tan tuyo, tan icónico, que con la mayor ternura del mundo lo colocamos en la escalera como uno de esos altares divinos a los que se le hacen promesas y nos arrodillamos en un escalón a contemplarlo embelesadas. ¡Si nos hubieras visto!… parecíamos unas devotas.

En estos días no sale el sol, sino tu rostro,
y en el silencio sordo del tiempo gritan tus ojos:
Ay! de estos días terribles,
ay! de lo indescriptible.

Lo cierto es que en aquel momento miles de recuerdos nos pasaron por los ojos… y por la risas.

Aquí abajo te extrañamos, ángel mío. Extrañamos tus peleas y aquella palabra famosa que nos lanzabas como dardos cuando alguna de las dos osaba contradecirte. Ordinarias, nos llamabas. Y aquella era la palabra más fuerte que salía de tu boca.

Así te recordamos este domingo, como un pequeño ángel que se subía a un banquito para fregar porque 1.26 metros no alcanzaban para mucho más. Silvio, como siempre, nos regaló el punto final.

En estos días no sale el sol, sino tu rostro,
y en el silencio sordo del tiempo gritan tus ojos:
Ay! de estos días terribles,
ay! del nombre que lleven,
ay! de cuántos se marchen,
ay! de cuántos se queden.

Ay! de todas las cosas
que hinchan este segundo,
ay! de estos días terribles,
asesinos del mundo.

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