Cerrando los ojos a veces lo veo. Ahí está él, al borde de la cama, con la camisa al hombro y el último botón de los pantalones a punto de saltar. A esta distancia casi puedo sentir su olor al acercarse; es una de esas mezclas de cigarros, libros y alcohol que tanto me han gustado siempre.

Por como inhala podría asegurar que es la primera vez que ha fumado… se le nota el regusto amargo en los labios y la inseguridad en los dedos al sostener el cigarro. El aliento, en cambio, lleva una carga potente de alcohol -una de esas mezclas baratas que se consiguen en los suburbios por unos centavos, y yo lo disfruto. Descubro en sus ojos el deseo primitivo que le ocasionan los tragos y un escalofrío me sacude los nervios. El presentimiento de lo que vendrá me trastoca los sentidos.

Lentamente, como una de esas escenas que se alargan en las películas, abro los ojos.
Desafortunadamente, él ya se ha ido.

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