jazz3

Hoy se celebra el Día Internacional del Jazz y yo, como buena adicta que soy, he decidido celebrarlo. Como dijera George Gershwin una vez: “En cierto modo, la vida es como el jazz… es mejor cuando improvisas“. Por eso el poema…  las gracias a Alexis Díaz-Pimienta.

“Los músicos de jazz”

¿Por qué los músicos de jazz cierran los ojos?
¿Por qué tocan con los ojos cerrados aunque tengan los párpados arriba?
Los músicos de jazz no pertenecen a la misma especie
que el resto de los hombres. Son solo sombras,
siluetas de colores sin nombres ni familia.

Escuchar a los músicos de jazz
leerlos entre el humo y las lágrimas del fondo
es una soberbia lección de continencia.
El clarinete mueve el pie al ritmo de la lluvia.
El saxo mueve la pajarita en círculos.
La tuba no puede contenerse
y llora recostada en la espalda del trombón
que toca y dice que no con la cabeza
niega que él sea un árbol o una piedra o un hombre.
El trombón cree (y lo dice, con desfachatez metálica)
que es una libélula.
Se cree libélula el trombón y lo comenta con el piano.
Y solo entonces el piano se sacude
escandalosas lágrimas blancas, casi transparentes
y se queda a solas con la voz del cantante
que llena, poco a poco, de fotos viejas el local.

Pobres músicos. Los músicos de jazz
siempre son pobres. Dan lástima.
Se atraviesan como un hueso en la memoria pública.
Todos sabemos que no se mueven,
que no se miran ni se tocan,
que son movidos por fuerzas extrañas
aunque nadie descubra los hilos motores.
Y ya no tienen fuerzas más que para tocar, así,
vestidos de rigoroso luto, despeinados,
con olor a café y a whisky seco.

Cuando tocan los músicos de jazz
en todas las casas de todas las ciudades
surgen de la nada mesas redondas
con mantelitos tejidos a crochet
con ceniceros en el centro y colillas humeantes.
Y grandes fotos. Inmensas fotos
de otros músicos de jazz, llorosos.
Fotos desenfocadas y húmedas,
cargadas de electricidad estática.

Y entonces todos los que escuchamos
todos, sin excepción,
pegamos saltos sobre los platos de la batería;
al mismo tiempo y sincopadamente.
Miles de cuerpos vestidos de negro en síncopa.
Llorando en síncopa. Humeando en síncopa.
Oyendo en síncopa. Extrañando a las madres
y evocando a las novias de la primera infancia
a los amigos de las primeras espinillas.
Miles de sombras con siluetas de distintos colores
con boquillas de metal humeantes y los ojos cerrados.

Y los ojos cerrados. Y los ojos cerrados. Y la noche.

Anuncios