Por estos días ando llenándome de valor para decidir qué libros soltar en la masiva convocación que le ha dado vuelta a las redes. La verdad es que separarme de uno de mis niños me va a costar trabajo, sin embargo, como me recordaba una amiga, a veces hay que dejarlos volar para que no mueran nunca. Los libros tienen ese don, con cada lectura que atesoran están a un paso más cerca de convertirse en dioses. Inmortales, sería la palabra exacta.

Hoy, repasando por enésima vez el libro de poesía latinoamericana del que pienso (y temo) desasirme, se me aparecieron estos versos… Xavier Villaurrutia no pudo hacerme mejor regalo de despedida.

Eres la compañía con quien hablo
De pronto, a solas.
Te forman las palabras
Que salen del silencio
Y del tanque de sueño en que me ahogo
Libre hasta despertar.
Tu mano metálica
Endurece la prisa de mi mano
Y conduce la pluma
Que traza en el papel su litoral.
Tu voz, hoz de eco
Es el rebote de mi voz en el muro,
Y en tu piel de espejo
Me estoy mirando mirarme por mil Argos,
Por mí largos segundos.
Pero el menor ruido te ahuyenta
Y te veo salir
Por la puerta del libro
O por el atlas del techo,
Por el tablero del piso,
O la página del espejo,
Y me dejas
Sin más pulso ni voz y sin más cara,
Sin máscara como un hombre desnudo
En medio de una calle de miradas.

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