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Me acabo de leer A sangre fría, de Truman Capote y he resuelto que si bien no tengo los impulsos criminales necesarios para eliminar a alguien simplemente por el gusto de arrebatar una vida, me solidarizo bastante con los asesinos.

Y es que lo maravilloso que tiene el libro es precisamente esto: los protagonistas no son los héroes, son los criminales. Y uno lee las historias y (si bien no son acciones justificables) los entiende e incluso, como me sucedió a mí, llega hasta a sentir una especie de piedad por ellos.

A sangre fría es una de esas novelas descriptivas que te dibuja tanto el paisaje como las encrucijadas morales por las que transitan sus personajes. Entre sus páginas me situé en Holcomb –pueblecito en el que se cometen los crímenes- y me sermonearon sus habitantes. Estuve en la carretera con Richard Eugene (Dick) Hickock y Perry Edward Smith. Fui testigo del pie de Nancy y de la depresión de la señora Clutter –cuestión que me recordó, invariablemente, a mi dulcísima tía Alicia; y me compadecí sobremanera de la madre de Hickock, esa mujer amable que nunca llegó a creer que su hijo había apretado el gatillo.

En fin… Capote me tomó de la mano y me inscribió en el juicio, me encerró en la prisión para amaestrar una ardilla y, por último, me sentó en las primeras filas entre los pocos privilegiados que tuvimos el chance de observar la función final.

Un amigo me comentaba hace poco que el libro no le había enganchado porque el autor le parecía enamorado de los homicidas, bueno, tengo que confesar que si bien no llegué al amor, sí que alcancé a sentir simpatía por los protagonistas.

Definitivamente: o soy muy ingenua o soy asesina. Saquen ustedes sus propias conclusiones.

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