Él me contaba que allá, a lo lejos, veía el cielo menos azul, que el mar era gris y sin olas y que en las noches se preguntaba si sus estrellas serían las mismas que me dormían.

La primera que aparece –me escribía en sus cartas- tiene tu nombre.

Y yo… que en cada respuesta se me iba un pedazo del alma, le mandaba mil besos con tinta azul (para que colorees tu cielo -le decía), las olas del malecón que rompen al pie del muro y el brillo de las estrellas que me alumbraban (por estos días –le señalaba a veces- anda la Osa Mayor aprovechando la ausencia de Orión, así que busca la sartén de estrellas).

En una semana de risas nos inventamos la manera de ahuyentar la tristeza: nos construimos una autopista a la luna. Allí nos encontramos cada mañana para darnos el beso de los buenos días. Es la mejor manera de despertarse de un sueño.

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