Le debo a Maikel un tercio de mi vida… le debo la poesía.

Él fue quien, con esa gigantesca sensibilidad que lo caracteriza, me presentó a los poetas antiguos.
Yo tendría apenas unos 12 ó 13 años cuando comenzamos la tradición: al menos 2 veces a la semana nos escabullíamos del mundo y, mientras él apoyaba su cabeza en mi regazo, yo comenzaba a leer, en voz alta, aquellos poemas que él me presentaba.

Maikel se aparecía cada semana con un libro nuevo y, felices, llenábamos de versos las sábanas de mi cama. Yo, que además de doctora coqueteaba con la idea de ser actriz, impregnaba de emoción cada palabra y él sonreía con esa capacidad tan suya de abrazar con la mirada.

Siempre existió una enorme complicidad entre aquel muchacho que quería ser maestro y la que hoy les escribe que, por aquellas épocas, quería estudiar medicina para curar los dolores de su abuelita. En la actualidad, afortunadamente, esa amistad se mantiene… aunque él no es maestro y yo, definitivamente, no tengo nada que ver con las jeringuillas.

Maikel es, sin duda alguna, uno de esos pocos hombres buenos que aún existen. Y yo le debo. Le debo al hombre que cambió el magisterio por las leyes, la poesía.
¿Alguien me explica cómo se salda esa deuda?

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