Él la mira desde su metro y medio de estatura y, a bocajarro, le suelta una de esas preguntas morbo-asquerosas que espantan.

Ella, con el más fino autocontrol que he visto en mi vida, sonríe, se le acerca y en susurros, para que nadie más que él se abochorne, le sisea al oído:
Mírame, ¿te gusta lo que ves?… Ahora mírate a ti.

Anuncios