Una vez más aparece Jorge de Armas con las palabras justas, con esas palabras que a mí se me quedan en la garganta y que él, tan sabiamente, sabe utilizar. Aquí les dejo un pequeño homenaje al grande.
A Santiago feliú, por sus canciones.

Santiago Feliú

Fue en el 80, nunca se olviden,
fueron amigos de aquella edad
que ya no están, ya no estarán más.
Cuántas nostalgias que los desgarra,
cuánto de culpa tengo y me mata.

La última vez que lo vi, digo, así, en persona, atascado en sus propias palabras, riendo los chistes y las bromas del tiempo de espera, fue justo esperando su turno para cantar en lo que después sería la Plaza de las Banderas. Nunca ha habido una respuesta tan coherente y masiva por parte de los artistas cubanos que cuando, cada tarde, frente a la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, exigían desde el canto y la poesía el regreso del niño Elián a su casa.

Ahí estaba Santiago, que esa misma tarde apareció y le dijo a Fernando Rojas, “no entiendo porque tu gente no me ha llamado” y me miró, como señalando al culpable, yo era “su gente” el que no lo había llamado. Sí, mi último recuerdo de Santiago es un regaño.

Muchas veces coincidimos, y aunque suele pasar que la muerte nos traiga los recuerdos nobles, es que realmente no tengo uno solo que hable mal de Santiago, ni sus pérfidos cuentos en Argentina, ni las pasiones develadas de Gunila, ni el pasaporte perdido en Sudamérica, ni las incontables noches conversando en Radio Ciudad de La Habana.

Santiago tenía, además, muchos fantasmas. Le dolían las ausencias. Sus canciones son eso, la esperanza por desterrar las ausencias, por acercar las distancias. Nunca pudo someterse a lo “correcto” Recuerdo una vez que, casi como una tarea, su “Canción para Bárbara” se presentó en un concurso de la televisión, hablo de recuerdo, así que debió haber sido el Guzmán. Para cerrar la broma, Santiago le pidió a Silvio que la cantara, y el trovador en un zafarí marrón, una prenda ridícula de moda en esos años entre dirigentes de bolígrafo, interpretó lo que sólo en la voz de Santiago rasguña al alma de dolor y esperanza. Nunca una canción tan bella se escucho tan alto y tan fuera de lugar como en aquel concurso acartonado de nuestra televisión.

Gracias a la magia de Santiago, “Para Bárbara” tomo el vuelo propio de los temas que ya son irrenunciables a la historia de la trova cubana. Poco después, quizás en reciprocidad, el propio Silvio estreno dos temas en un concierto de Santiago, “Compañera” y “Boleros y Habanera”. Santiago fue la mano izquierda de la música y la trova de los ochenta, él supo hacer la poesía desde un dolor que nunca duele tanto como ahora.

Santiago sufría las ausencias pero nunca le dio la espalda a las presencias. Siempre acompañó a lo nuevo, les dio espacio, les cantó. Como nadie recordó a Noel Nicola, como nadie estuvo en el Centro Pablo, cada vez que uno, ese que esa vez sí que hizo lo que tenía que hacer, lo llamaba.

Es muy triste ver cómo se van de a poco tus memorias vivas. Es triste y desalmado, esas canciones convertidas en recuerdo son las que te mantienen vivo. Recobras la memoria de lo que fuiste en sus temas, con él caminas la vida, con él te haces persona. Y un buen día, como el bofetón que te grita tu mortalidad, recibes la noticia de que ese que adoras, que tantas veces te estremeció “ya no está, ya no estará más”

Por una vez te equivocaste Santiaguito, eso de que “no estarás más” queda bien en la nostalgia de un canción, pero aquí, en la vida real, tan volátil y perversa que hoy te ha llevado a dónde nunca jamás morirás, tú te quedas con todos nosotros, ya para siempre.

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