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Le debo a Maikel un tercio de mi vida… le debo la poesía.

Él fue quien, con esa gigantesca sensibilidad que lo caracteriza, me presentó a los poetas antiguos.
Yo tendría apenas unos 12 ó 13 años cuando comenzamos la tradición: al menos 2 veces a la semana nos escabullíamos del mundo y, mientras él apoyaba su cabeza en mi regazo, yo comenzaba a leer, en voz alta, aquellos poemas que él me presentaba.

Maikel se aparecía cada semana con un libro nuevo y, felices, llenábamos de versos las sábanas de mi cama. Yo, que además de doctora coqueteaba con la idea de ser actriz, impregnaba de emoción cada palabra y él sonreía con esa capacidad tan suya de abrazar con la mirada.

Siempre existió una enorme complicidad entre aquel muchacho que quería ser maestro y la que hoy les escribe que, por aquellas épocas, quería estudiar medicina para curar los dolores de su abuelita. En la actualidad, afortunadamente, esa amistad se mantiene… aunque él no es maestro y yo, definitivamente, no tengo nada que ver con las jeringuillas.

Maikel es, sin duda alguna, uno de esos pocos hombres buenos que aún existen. Y yo le debo. Le debo al hombre que cambió el magisterio por las leyes, la poesía.
¿Alguien me explica cómo se salda esa deuda?

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El lobo de caperucita

El lobo de Caperucita, que fue tan vilipendiado por aquella historia que Perrault se encargó de publicar en su libro, ha accedido hoy a brindarme una entrevista.

En ella me cuenta que toda su mala fama se debe a un error en la investigación; que él en realidad sólo acosaba a la Caperucita (sí, al menos admitió lo del acoso) porque estaba enamorado de la niña repartidora. Que lo de la abuela se lo inventó el leñador que le alquilaba la casita para espiarla y que hubiera preferido que lo acusaran de voyeurista antes que de asesino en serie.

Nada, que el lobo ha sido una víctima más de los escritores.

Él la mira desde su metro y medio de estatura y, a bocajarro, le suelta una de esas preguntas morbo-asquerosas que espantan.

Ella, con el más fino autocontrol que he visto en mi vida, sonríe, se le acerca y en susurros, para que nadie más que él se abochorne, le sisea al oído:
Mírame, ¿te gusta lo que ves?… Ahora mírate a ti.

Hoy, que por una de esas casualidades es 14, febrero… y también viernes, no puedo encontrar otro regalo para ustedes que no sea un poema.
También es cierto que en un principio quise buscar muchos poetas para llenar el blog y regalarles, a cada uno, un verso, pero no me alcanza la memoria y quiero hoy ser fiel a ella. Nada de búsquedas en Google, nada de trampas digitales… esta vez sólo mis recuerdos. Por eso Sabines.

Yo no lo sé de cierto…

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

Una vez más aparece Jorge de Armas con las palabras justas, con esas palabras que a mí se me quedan en la garganta y que él, tan sabiamente, sabe utilizar. Aquí les dejo un pequeño homenaje al grande.
A Santiago feliú, por sus canciones.

Santiago Feliú

Fue en el 80, nunca se olviden,
fueron amigos de aquella edad
que ya no están, ya no estarán más.
Cuántas nostalgias que los desgarra,
cuánto de culpa tengo y me mata.

La última vez que lo vi, digo, así, en persona, atascado en sus propias palabras, riendo los chistes y las bromas del tiempo de espera, fue justo esperando su turno para cantar en lo que después sería la Plaza de las Banderas. Nunca ha habido una respuesta tan coherente y masiva por parte de los artistas cubanos que cuando, cada tarde, frente a la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, exigían desde el canto y la poesía el regreso del niño Elián a su casa.

Ahí estaba Santiago, que esa misma tarde apareció y le dijo a Fernando Rojas, “no entiendo porque tu gente no me ha llamado” y me miró, como señalando al culpable, yo era “su gente” el que no lo había llamado. Sí, mi último recuerdo de Santiago es un regaño.

Muchas veces coincidimos, y aunque suele pasar que la muerte nos traiga los recuerdos nobles, es que realmente no tengo uno solo que hable mal de Santiago, ni sus pérfidos cuentos en Argentina, ni las pasiones develadas de Gunila, ni el pasaporte perdido en Sudamérica, ni las incontables noches conversando en Radio Ciudad de La Habana.

Santiago tenía, además, muchos fantasmas. Le dolían las ausencias. Sus canciones son eso, la esperanza por desterrar las ausencias, por acercar las distancias. Nunca pudo someterse a lo “correcto” Recuerdo una vez que, casi como una tarea, su “Canción para Bárbara” se presentó en un concurso de la televisión, hablo de recuerdo, así que debió haber sido el Guzmán. Para cerrar la broma, Santiago le pidió a Silvio que la cantara, y el trovador en un zafarí marrón, una prenda ridícula de moda en esos años entre dirigentes de bolígrafo, interpretó lo que sólo en la voz de Santiago rasguña al alma de dolor y esperanza. Nunca una canción tan bella se escucho tan alto y tan fuera de lugar como en aquel concurso acartonado de nuestra televisión.

Gracias a la magia de Santiago, “Para Bárbara” tomo el vuelo propio de los temas que ya son irrenunciables a la historia de la trova cubana. Poco después, quizás en reciprocidad, el propio Silvio estreno dos temas en un concierto de Santiago, “Compañera” y “Boleros y Habanera”. Santiago fue la mano izquierda de la música y la trova de los ochenta, él supo hacer la poesía desde un dolor que nunca duele tanto como ahora.

Santiago sufría las ausencias pero nunca le dio la espalda a las presencias. Siempre acompañó a lo nuevo, les dio espacio, les cantó. Como nadie recordó a Noel Nicola, como nadie estuvo en el Centro Pablo, cada vez que uno, ese que esa vez sí que hizo lo que tenía que hacer, lo llamaba.

Es muy triste ver cómo se van de a poco tus memorias vivas. Es triste y desalmado, esas canciones convertidas en recuerdo son las que te mantienen vivo. Recobras la memoria de lo que fuiste en sus temas, con él caminas la vida, con él te haces persona. Y un buen día, como el bofetón que te grita tu mortalidad, recibes la noticia de que ese que adoras, que tantas veces te estremeció “ya no está, ya no estará más”

Por una vez te equivocaste Santiaguito, eso de que “no estarás más” queda bien en la nostalgia de un canción, pero aquí, en la vida real, tan volátil y perversa que hoy te ha llevado a dónde nunca jamás morirás, tú te quedas con todos nosotros, ya para siempre.

Ann me cuenta que cuando lo nombran sus pupilas brillan; nadie, ni siquiera su sombra, está enterada de su secreto.

Cuando alguien lo menciona -confiesa- atesoro mis opiniones y sonrío… no puedo evitarlo, me gusta pensar en él y sonreír. Es como si yo supiese algo que el resto del mundo no. Es un recuerdo egoísta, lo admito, pero es un recuerdo muy mío…y me hace feliz.

En algún lugar del mundo un gigante, solitario, voltea un reloj de arena. En el desierto de esas horas una gota de rocío, de las que aparecen en las dunas, naufraga en un torbellino que las arrastra a través de un túnel. Dentro de la gota límpida un minúsculo hombrecillo arrastra los pies…

Cada segundo que pasa es creado por uno de estos hombrecillos. Los gigantes vienen a regalarnos las horas.

el-beso-Klimt

Ayer soñé que me lanzaba a la calle y atiborraba de besos las bocas de los transeúntes. Ellos, asustados, se quedaban de piedra… entonces yo estallaba en carcajadas y corría con los labios hinchados a morderles las manos. Si no me besaban de vuelta les arrancaba los dedos. Uno a uno.

En el sueño, volvía a ser pelirroja y llevaba tatuado en la espalda –como bandera pirata- aquel cuadro famoso que pintara Klimt y bautizara “El Beso”.
Cuando desperté mi cuerpo simulaba un lienzo.

Los naufragios

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Y ya son...

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