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Hoy no quiero regalarle odas a la tristeza ni dedicarle un minuto a la agonía. Hoy le regalo un poema de amor a mi sombra y le sonrío cómplice al autor. Al fin y al cabo de bravo este tiene solamente el nombre.

Cuando estemos de nuevo con nosotros

Cuando estemos de nuevo con nosotros
contándonos los gestos,
cuando estemos hablando de las gentes
a quienes más queremos,
quédate, por favor, mirando el surco
que dejan tus dos ojos en mis huesos.

Y dame lo que puedas de tu alma,
lo que no necesites de tu afecto,
lo que logres sacar sin sacrificio
de tu casa de sueños.

Yo tomaré, de fiesta, lo que quieras,
aunque sea el milagrillo más pequeño.
No es que yo sea mendigo,
es que cualquier amor es amor bueno.

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Ando nostálgica, hurgando innecesariamente en los recuerdos.

Necesito urgentemente una alegría .

Hay noches en las que el insomnio me castiga fuerte y un leve, pero continuo dolor de cabeza, me taladra los recuerdos. Ayer fue una de esas noches. Como remedio, aunque contrario a la lógica, me regalé una de esas historias cortas que escriben los poetas de la prosa. Esta se llama, ni más ni menos: “La confesión”, su dueño es Manuel Peyrou.

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.

-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?

-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.

tango

El tango se hizo para hacer el amor. Así, categóricamente. Escuchar a Piazzolla a oscuras, en una cama, es el mejor juego preliminar. Humedece sólo pensar en la cadencia de las notas.
Las quejas del acordeón argentino, cuando son arrancadas por una mano firme, se asemejan, sutilmente, a los gemidos de una mujer en celo.

Esta tarde llueve…  no hay mejor excusa para hacer el amor.

Es apenas una sombra la que lleva sus zapatos,
un atisbo de mujer.
Sus manos, negras, sostienen margaritas.

En la Alhambra hay tantos misterios que no cabrían todos en los cuentos de Las mil y una noches. Por eso los poetas sufren, en carne propia, los destellos de locura que propicia la arquitectura mística de los árabes. Luis García Montero, quien nació en Granada en 1958, no se escapó al desvarío mágico y, tomando sus poderes de uno de esos libros de hechicería que abundaban en los palacios abandonados de la antigua España feudal, encadenó a su musa a las páginas de un tratado de versos.

Aquí les dejo su hechizo, su amenaza… su testamento.

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro,
agradece tu vida a mis fantasmas,
a la pasión que pongo en cada verso
por recordar el aire que respiras,
la ropa que te pones y me quitas,
los taxis en que viajas cada noche,
sirena y corazón de los taxistas,
las copas que compartes por los bares
con las gentes que viven en sus barras.
Recuerda que yo espero al otro lado
de los tranvías cuando llegas tarde,
que, centinela incómodo, el teléfono
se convierte en un huésped sin noticias,
que hay un rumor vacío de ascensores
querellándose solos, convocando
mientras suben o bajan tu nostalgia.
Recuerda que mi reino son las dudas
de esta ciudad con prisa solamente,
y que la libertad, cisne terrible,
no es el ave nocturna de los sueños,
sí la complicidad, su mantenerse
herida por el sable que nos hace
sabemos personajes literarios,
mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo porque existe este libro,
que puedo suicidarnos con romper una página.

 

liuba

Liuba es mágica, más allá de los esquemas de la música, posee la capacidad de llenar de melodías una letra e inyectársela en vena a todos los que se dignan a escuchar su voz. Tiene, en su garganta, la mano de oro del rey Midas y todo lo que sale de sus labios parece destinado a convertirse en sol.

Lo probó una vez más el pasado concierto. Celebrando sus 30 años de carrera artística deambuló sobre las tablas como uno de esos fantasmas buenos de los que tanto habla y nos hizo a todos estremecernos con sus canciones.

A mí me saltaron las lágrimas en tres ocasiones. Y corrí a esconderme del público cuando entrelazó Los hilos de su Luna con los de mi ángel. Y se me escaparon suspiros cuando homenajeó a Teresita. Y lloré en un teatro lleno.

No pude evitarlo. Como me dijera un amigo: Con Liuba siempre se llora.

Los naufragios

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Y ya son...

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