llanto

Este post es un regalo, atravesó mil países y se acurrucó en mis manos encondiéndose del olvido. Ana Istarú, costarricence nacida en San José, me lo presentó.

Cómo llorar en escena

Es un arte. Se aprende con dificultad, al cabo de los años.

Para tal fin, el aprendiz de llanto debe, entre otras cosas, haber acumulado suficientes sufrimientos, lo cual en realidad es algo que está al alcance de cualquiera.

Aprendí a llorar gracias a un disco estrafalario que mi padre melómano compró, imagino que por accidente, porque era francamente espantoso. Fue mi primer contacto con la música clásica expresionista, y confío en que el último.

En medio de sonidos disonantes una mujer gemía más que cantaba, en algo parecido al alemán.

Yo era un amago de actriz y tirada sobre la alfombra de la sala me dejaba influir por él, concentrada con universitario empeño en mis escasas tragedias personales, y lograba llorar de manera convincente.

Tanto que nuestro perro, acostumbrado a aullar cuando mis hermanos estudiaban violín, a mí francamente me ladraba. Mi abuela, criada en el campo, me miraba con horror. Yo, dignísima, suspendía mi faena: “abuelita, solo estoy haciendo la tarea”.

Cuando se desea insultar a alguien poniendo en duda su veracidad, se le espeta: “¡Estás haciendo teatro!”, de lo cual se deduce que los actores somos, por razones congénitas, mentirosos. Nada más falso.

Un buen llorón es aquel que sabe en qué llaga interna hundir los dedos, qué puntos de sutura reventar hasta que mane, cárdena y caliente, la tristeza.

Pero si aprender a llorar es una cosa, aprender a llorar todas las noches, en el momento preciso, bajo los mismos reflectores y en idénticas circunstancias, es otra historia.

Esta última destreza exige no solo prepararse de antemano, acumulando sal sobre la herida justo antes de caer en la hipnosis del escenario, sino además, cuando va perdiendo olor o se marchita, remplazar la tristeza que elegimos por alguna otra de la bodega.

Mejor aún, confeccionar a nuestra talla una amargura ficticia, tan efectiva como hipotética.

Convengo en que cuando encarnamos a un personaje de Lorca rara vez lloramos por el hijo apuñalado, ya que por suerte no hemos tenido que velar a uno en una sala andaluza.

Pero lloramos por otras muertes equivalentes, que nos acercan a esa madre rabiosa y enlutada, más pequeñas y discretas, pero muertes al fin. Se entierra a los padres, al que íbamos a ser, a un matrimonio.

Se llora de diversas formas. Una lágrima honesta, por ejemplo, no basta en el escenario. No se distingue más allá de la segunda fila y hasta puede que se confunda con una lentejuela de sudor. Se llora mejor con la garganta, si conseguimos poner sobre cubierta un pesar considerable, se empañará la voz, y ese sonido nublado flotará sobre la sala como una bruma gris. Pero se llora siempre aplicando al personaje el bisturí sin mella de nuestra tristeza personal.

Pero miento, ahora sí. A veces duele más la dicha. No acudimos entonces a la tragedia, sino a un pequeño paraíso que no vuelve y nos hunde la estocada de su esplendor.

Confieso que lo que desencadena mi desconsuelo es el volcán Poás.

El volcán, su potrero aledaño hoy vedado al público, intuyo que por razones ecológicas pero para mí desastrosas, en el que de niña me aferraba a la vida y a un pedazo de pollo, y alrededor de un mantel rojo como pulpa de guayaba, todavía había una madre, un padre, dos hermanos, un tío, qué lujo: un par de abuelos.

Y el aire verde entre las hojas y el golpe helado del olor del musgo me hacen llorar.

Cuando Julieta llora en escena, debajo del carmín y de la seda falsa hay una criatura desamparada y de cuclillas que desnuda ante el público su verdad pequeñita, su sufrimiento de carne y hueso.

Y el butacario, buen aprendiz al fin, hurga entre el oro modesto de su entraña y nos devuelve su dolor. Y llora.

Anuncios