carta

Yo quiero una carta, una carta de verdad. Una de esas que reparte el correo con tu nombre y que desliza, como en las películas viejas, por la rendija de la puerta o la ventana que siempre está abierta. Nunca he recibido oficialmente una, no tengo recuerdos de sobres con matasellos. Sin embargo, confieso que me he imaginado más de una vez la entrega:

Yo, de pie ante la puerta, acabada de llegar del trabajo, dejo caer todos los bultos en el butacón beige de la sala mientras con premura me quito los zapatos que me han torturado todo el día. Entonces, ya descalza, con la certeza de quien se sabe en casa, una voz excitada (a mi madre siempre le han gustado las sorpresas) me anuncia triunfante:
-Has recibido una carta.
Y yo, que nunca he sido buena reaccionando, que la emoción tiende a paralizarme el cuerpo, no atino a decir ni una palabra. Le arranco de sus manos mi pequeño tesoro y corro. Corro como si de la carrera dependiese mi vida.
Me encierro en mi cuarto y despacito, emulando la parsimonia de los budistas, voy despegando con un alfiler la goma que detiene mis latidos.
Al final, viene un poema, unos versos trazados con tinta azul. La letra, desordenada, es casi un charquito de palabras… yo me pierdo en ellas.

Cuando amanece, por mis pupilas, en vez de letras, surcan estrellas.

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