Vamos, me dijiste, y me tomaste la mano. Yo salté. A lo lejos quedaron los negros volcanes y aquellos hombres muertos que nos perseguían. La caída, como si de un film se tratara, no se detuvo de golpe. El vacío fue disolviéndose lentamente y entre tus brazos desdibujé a la muerte.

Tengo miedo de los fantasmas, te confesé, mas tú sonreíste.
¡Si tú supieras qué miedo puede tener un fantasma de los hombres!

Acto seguido, desapareciste.

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