Un poema me parecieron tus versos, una tormenta, un haz de luz. De la mano de una guitarra tu voz me sembró a la tierra… y me volví semilla. Luego me alimentaron tus letras y crecí soñándote cerca, susurrando por los caminos tu nombre: Noel… Noel… Noel.

María me contó una vez que se apareció en tus sueños, estabas cercano al mar, con esa caja de melodías a la que tú le rasgas cuerdas… y le cantaste. Casi puedo verla convertida en ola.

«El tranquilo de la Nueva Trova» te nombraban. Paseabas de la mano de Pablo y Silvio por Perú, Ecuador, Argentina, Brasil, Chile, Venezuela… y no te inmutabas. Les cantaste a los toros en España, visitaste las pirámides aztecas, anduviste llorando en la ciudad de las luces y nunca se apagó tu sonrisa.

El cáncer fue la artimaña que encontraron los dioses para desaparecerte. El 7 de agosto del 2005, con apenas 59 años, te arreglaron una cita con los ángeles.

Es más, te perdono.

Te perdono el montón de palabras
que has soplado en mi oído
desde que te conozco.

Te perdono tus fotos y tus gatos,
tus comidas afuera,
cervezas y cigarros, es más,

te perdono andar como tú andas,
tus zapatos de nube,
tus dientes y tu pelo.

Te perdono los cientos de razones,
los miles de problemas,
en fin, te perdono no amarme.

Lo que no te perdono
es haberme besado con tanta alevosía.
Tengo testigos: un perro, la madrugada, el frío,
y eso sí que no te lo perdono,
pues si te lo perdono seguro que lo olvido.

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