Ofelia lo estuvo esperando hasta las 12. Las sombras de la noche le roían la cordura y el fantasma del rey muerto que merodeaba el castillo acechaba sus miserias. Pero ella esperaba… el sueño, el maldito sueño, le acariciaba las mejillas, y sin embargo, aunque la sospecha de un desencuentro le atenazaba la garganta, ella aguardaba.

Impuntual, como sólo los personajes tristes pueden ser, arrastrando tras de sí el estigma de un hombre muerto (justo antes del amanecer) arribó el poeta.

Ofelia, ya sin juicio de tanta espera, imprudente, sin razón, arrancó de sus labios un poema. Él, convertido en luz, apresado entre aquellas piernas que pretendían extraerle el alma, se abrió paso hasta su voz y, utilizando a su favor los antiguos embrujos que conocen los poetas, desterró con sus manos las estrellas.

Nunca hizo falta más claridad que la de sus cuerpos.

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