resurrección

Aquella mujer desnuda que abrazaba a la farola se me hacía familiar conforme la luz crecía. Marcas de dientes se entreveían en sus brazos y de su pie derecho, duro, blanco, frío, le nacía un grillete. Llena de ampollas estaba la mujer desnuda. Su pelo, que otrora había sido largo y voluminoso, era apenas conformado por unas hebras rojizas que enmarcaban sus ojos.

Sí… se me hacía familiar aquella mujer desnuda.

El brillo de aquellos ojos verdes me cegaba. Maltratada, tullida de frío, con heridas y ampollas en la piel, continuaba evocándome el mismo temor inútil que me invadió la primera vez que la conocí.

Nunca me fui del todo, me susurró al oído María, no tuve la entereza de la Storni y me aferré al primer barco que corrió en mi ayuda. Las tormentas me desgarraron las ropas y fui el juguete tonto de algunos marineros. Pero escapé. De alguna manera me convertí en ola, o en sirena, ya no recuerdo, y me arrastré hasta esta orilla. La farola, mi única amiga, me ha restaurado un poco de luz. El tiempo se encargará de hacer crecer mis cabellos.

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