Cocinar, para mí, es uno de los más grandes placeres. Por supuesto, debe serlo si me gusta tanto comer, pensarán ustedes. Y sí niños y niñas… lo es, muchísimo.
Lo que más me gusta hacer es dulces y, no es por nada, pero me escapo. Sé hacer natilla, flan, panetelas, torrejas, pudín, merenguitos y frichuelos (en asturiano original: frixuelos).

¿Que qué son los frichuelos? preguntarán ustedes. Pues un dulce, uno muy parecido a las arepas (¡NO SON AREPAS!). Lleva huevos, harina, vainilla y sal. Sin embargo… el truco… la genialidad de este postre, no es la dificultad que tiene para hacerse sino que, para comerlo, hay que estar rodeado de personas que se quieran. De otra manera no salen bien. Y está probado científicamente, si no hay buen ánimo salen raros. Incomestibles.

Sólo los regalo a personas especiales porque (ya en tiempo de confesiones) es una receta que me legó mi abuelita. Cuando era niña todos los fines de semana me los preparaba, me miraba a los ojos, me sonreía y con la voz cascada por los años, me susurraba al oído que sabían tan ricos porque su ingrediente especial era el cariño… Por eso son tan geniales… porque son sólo para los amigos.

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