A veces, cuando leo, me apropio de las palabras de otros.
Las hago mías.
Así poseo (en secreto) miles de historias viejas que transformo y convierto en recuerdos.
Este cuento de Galeano no es la excepción. Era suyo hasta que, leyéndolo, lo hice mío. Su abuela ya no es su abuela… ahora es mi ángel.

Otro músculo secreto

En los últimos años, la Abuela se llevaba muy mal con su cuerpo. Su cuerpo, cuerpo de arañita cansada, se negaba a seguirla.

Menos mal que la mente viaja sin boleto – decía.

Yo estaba lejos, en el exilio. En Montevideo, la Abuela sintió que
había llegado la hora de morir. Antes de morir, quiso visitar mi casa.
Con cuerpo y todo.
Llegó en avión, acompañada por mi tía Emma. Viajó entre nubes,
entre olas, convencida de que iba en barco; y cuando el avión
atravesó una tormenta, creyó que andaba en carruaje, a los tumbos,
sobre el empedrado.
Estuvo un mes en casa. Comía papillas de bebé y robaba caramelos.
En plena noche se despertaba y quería jugar al ajedrez o se peleaba con mi abuelo muerto hacía cuarenta años. A veces intentaba alguna fuga hacia la playa, pero se le enredaban las piernas antes de llegar a la escalera.
Al final, dijo:

Ahora, ya me puedo morir.

Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme los líos
burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien
sabía que yo odiaba los trámites.
Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa,
pariente por pariente, para que todos vieran que había regresado de
lo más bien y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió.
Los hijos echaron sus cenizas bajo el árbol que ella había elegido.
A veces, la Abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río y ella es un pez que me acompaña deslizándose, suave, suave, por las aguas.

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