De María siempre me ha fascinado su total irreverencia a las normas. A pesar de su descaro, siempre defiende sus opiniones y no tiene temor alguno al rechazo público (en especial en reuniones burocráticas). Hace un tiempo, en un debate absurdo, me sorprendió levantándose de su asiento para llamar abyectos a unos conferencistas.

Ann, a mi lado, murmuraba (avergonzada) que a veces le gustaría parecerse a ella.

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