angel

Con toda esta algarabía formada en las redes sociales -me dice una amiga- no puedes quedarte atrás. Toma, aquí te paso un cuento de Benedetti.

Perdónenme ustedes si les parece poco religioso.

Un santo milagroso.

Eso era. Las beatas del pueblo juraban que lo habian visto sudar, sangrar y llorar. Desde la capital una agencia turística organizaba excursiones para mostrar al Santo. Para unos se trataba de San Miguel, para otros, de Santo Domingo o de San Bartolomé y no faltó quien afirmara que se trataba de San Sebastián, algo extraño, ya que le faltaban las flechas. Y como la propia Iglesia no se ponía de acuerdo, La feligresía optó por llamarle el Santo y nada más. De todas maneras, el párroco estaba encantado con el aluvión limosnero.

Marcela no vino de excursión. Ella y sus padres vivían desde siempre en el pueblo, o sea que conocía al Santo desde niña. Su imagen había estado presente desde sus primeros sueños infantiles. Ahora tenía diecisiete años y era la más linda a varias leguas a la redonda.
También el Santo era apuesto y cuando Marcela iba a la capilla y se arrodillaba frente al altarcillo lateral en que el Santo moraba su devoción, tenía sutiles trazos de amor humano. Una mañana de lunes, cuando el templo estaba desierto, la muchacha se acercó al Santo, lo miró largamente y esta vez su suspiro fue profundo. Luego se arrimó y comenzó a besar minuciosamente aquellos dolidos pies de yeso mientras acompañaba sus besos con caricias
en las piernas descascaradas. De pronto, sintió que algo humedecía su brazo. Al comienzo no quiso creerlo, pero era así.

Un milagro inédito, después de todo. Porque aquello no era llanto, ni sangre, ni sudor. Era otra cosa.

Anuncios