El 12 de marzo del 2010 fue viernes. Uno como otro cualquiera. El día estaba soleado y los planes de una fiesta bullían en mi cabeza.

Yo no sabía.

A las 10 de la noche, botella en mano, recibí una sorpresa. Mi madre me comunicaba, con voz de ultratumba, que se había muerto mi bisabuela. Oly siempre había sido mi ancla, mi vida, mis sueños… y de repente, con una llamada, lo había perdido todo.

Donde trabajo no hay ventanas para mirar al cielo, tengo, obligatoriamente, que salir afuera. El cementerio, en cambio, me queda cerca, y el calendario me dice que pronto tendré que ir a recoger sus huesos; ya han pasado los dos años requeridos. La verdad es que aún no tengo fuerzas. Sé que me derrumbaría como antes. Me falta valor para blanquear sus restos y colocarlos, esta vez, en una caja que mida menos de su 1.26 metros.

Los días que más me asustan son los 12 de marzo. Me recuerdan que no tuve tiempo de despedirme.

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