He decidido esperarte a orillas de un verso, porque si te menciono, hombre triste, no vuelvo del cementerio.
Han pasado tantas estrofas desde aquel comienzo, que el breve haiku antimelancólico que pretendía acunarme, se volvió una desesperada prosa de observatorio.
Me acosan los fantasmas del futuro cuando digo tu nombre.
Tengo miedo.

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