Lo reconozco,
de vez en cuando pierdo la calma
y ya no escucho, ya no razono,
soy ciega y sorda.

De vez en cuando porfío y lanzo
mil gritos al silencio
por cosas que no comprendes
o yo no acepto.

Y sigo siendo después de todo
terca y obstinada, como una niña.

A veces, incluso, me regodeo
en las palabras que te duelen
y que mi boca dispara,
para matarte.

Tus lágrimas son
el dulzor amargo de mi victoria.

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