Los claveles son mis flores porque antes eran las de ella. Y los frichuelos, y los batidos de chocolate. También los cuentos, los escondites, las poesías, y aquella muñeca (de porcelana) que yo no tocaba porque se rompía.

Las flores blancas que eran de ella ahora son rojas, pero son mías. Y sus memorias de tiempos viejos, de casas grandes, licorerías, estoy segura que se mudaron de su cabeza para la mía. Ella está en mi como está en el aire, con sus vestidos de muselina, y deja besos sobre mi almohada y esculpe abrazos con plastilina.

Es la mujer más linda que hay en el cielo, y si en las nubes  hay arcoiris, estoy segura que ella los pinta.

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