Su nombre completo era Alexandre Georges-Pierre Guitry. Nació en San Petersburgo el 21 de febrero de 1885 y murió el 24 de julio de 1957, en Paris, el lugar donde se deben morir todos los artistas.

Lo conocí una tarde de otoño. Apareció con su sombrero de fieltro negro y, como un adolescente, me guiñó su ojo derecho (aún me pregunto por qué recuerdo ese detalle). Hablamos cine, de su primer amor, y de las mujeres en general. Por aquel entonces  era yo una niña y recuerdo que me causó una graciosa impresión la opinión que él tenía del sexo femenino –Si la mujer fuera buena- decía– Dios tendría una.

El primer encuentro que me ligó al escritor aconteció, afortunadamente, una bella tarde de otoño. La primera historia que descubrí fue “Mi primer amor” y confieso que a partir de aquel momento nunca he mirado de la misma forma a las violetas. Para que les suceda lo mismo les dejo el relato que me conmovió. Disfrútenlo.

Mi primer amor

Tenía yo trece años. Ella era encantadora.

¡Qué digo encantadora! Era una de las mujeres más bonitas de París.
Pero de eso yo no me daba cuenta. Yo la encontraba bonita -ocurría que lo era extremadamente. Y esto no era más que una coincidencia. Tenía una sonrisa adorable y ojos acariciadores.

Y voy a preguntarme, ¿por qué la he amado? Soñaba con ella.

¿Decírselo? Antes la muerte.

¿Entonces? Probárselo.

Hacer economías durante toda la semana y cometer una locura el domingo siguiente.

Hice estas economías y cometí esta locura. Ocho francos: un enorme ramo de violetas. ¡Era magnífico! Era el más bello ramo de violetas que se haya visto nunca. Me hacían falta las dos manos para llevarlo.

Mi plan: llegar a su casa a las dos y solicitar verla.

La cosa no fue fácil. Estaba ocupada. Insistí. La camarera me condujo al gabinete. Se estaba peinando para salir.

Entré con el corazón en un brinco.

-¡Hola, pequeño! ¿Para qué quieres verme?
No se había vuelto aún. No había visto todavía el ramo; no podía comprender.

-Para esto, señora.
Y le tendí mis ocho francos de violetas.

-¡Oh, qué bonitas!

Me pareció que la partida estaba ganada. Me había aproximado a ella, temblando. Cogió entre sus manos mi ramo como se coge la cabeza de un niño y lo llevó a su bello rostro como para besarlo.

-¡Y huelen bien!

Luego añadió, despidiéndome:
-Dale las gracias de mi parte a tu papá.

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