Tú y yo somos uno.  Con mis achaques y dolores milenarios y tus antiquísimas y cínicas maneras de reír. Somos uno. Y temblamos de miedo al comprobarlo. Como aquellas gelatinas de fresa que me servía mi mamá de postre los lunes. Somos  la mezcla perfecta de la paleta de colores, la melodía que cantaba la Fitzgerald y coreaba Etta. La garganta ronca de Sabina y la redondez perfecta de Adele, la sonoridad de Amy y la Houston… la calidez de la Vargas. Somos uno.

Sin embargo, cuando nos despierta el día y el Sol maquiavélico aparece en la ventana, nos desenredamos del abrazo y volvemos a ser tú y yo, a secas. Dos cuerpos distantes, separados… ausentes. Es la Luna misericordiosa la que nos vuelve a unir apenas llega el crepúsculo.

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