Sonó la música y bailé despojándome de los absurdos complejos del color de la piel. Los tambores movían mis caderas y las congas me estremecían los hombros. La saya, alada, con vida propia, rozaba con sus pliegues las manos que, enloquecidas, acariciaban el cuerpo de arriba abajo. El pelo se escapaba, enmarañado y rubio, de la red ingenua que intentaba apresarlo y los pies descalzos barrían el suelo en busca del frío tacto que desprendían las lozas.

Rodé de mano en mano, de brazo en brazo, me ofrendaron en ron, aguardiente, café, tabaco.  Fui blanca, negra, mulata, china. Me convertí en diosa, ñáñigo, espíritu encarnado. Alcancé toda la escala de los tamaños y fui a la vez voluptuosa y delgada.

Sonó la música y al bailar, la sangre se me llenó de historias viejas de vidas pasadas.

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