Andrea, la hija del gobernador, era una niña dulce. Pecosa y flacucha, como renegando su clase, gustaba correr su potrillo blanco todas las tardes. Andrea fue una niña dulce hasta aquella noche de agosto. La hija del gobernador nunca había visto morir a un hombre. Nadie le había explicado el misterio de la sangre y sus ojos jamás habían presenciado un crimen.

Todo hasta aquella maldita noche de agosto. Aquel día, Andrea, la hija del gobernador, dejó de ser una niña dulce.

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