Errante y desnuda atravieso los campos de caña brava. Las hormigas recorren su camino atravesando mi cuerpo y de mis cabellos, ya escasos, mudos pájaros cantores crean nidos multicolores. Las espinas de las zarzas, como liliputienses con armas, me desgarran la piel y los surcos de tierra mojada (que alguna vez manos de hombres cavaron entre las piedras) se vuelven mi refugio. Los senos blancos destellan al sol y las caderas redondas invitan a las mariposas a descubrir flores rojas mientras la frescura del rocío me empapa los labios.

Esta mañana, cuando desperté, me sacudió la primavera.

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