Aquellos ojos estaban mudos de asombro. Y sus manos… aquellas manos largas, temblaban bajo los mechones de labios rojos. La nariz veía en blanco y negro y el oído, para no ser menos, cantaba nanas infantiles.

Lo único que escapó a la locura fue la boca… que, como en las historias clásicas, terminó la noche repartiendo besos.

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