Nosotros éramos una banda de flacos (casi flecos) semi-desnutridos que cubríamos las equinas. La única niña era yo. Aunque, si hablamos en términos adecuados, debería aclarar entonces que la única que tenía “cara de niña” era yo. Si me veías de lejos me confundías. Hace poco un vecino me recordaba lo maldita que podía ser. Yo era de las que saltaba cercas de un metro ochenta y le quitaba las bolas a los vecinos. Nada del otro mundo… chiquilladas.

En el barrio siempre fuimos pocos: estaba Felipito (más conocido como El chino) que acababa de venir de Korea y era uno de los más flacos del piquete; Nilo, que era el rubiecito mimado por la abuela; Joel, el mulatico de la esquina, y yo. Todos éramos unos piojos flacos que disfrutábamos quitarnos los zapatos para poder dar mejor las vueltas de carnero en los jardines.

En esa época destrozamos todo lo que se nos ponía delante. Nilo era especialista en cazar lagartijas, Joel en inyectarles agua con jeringuillas viejas y yo era la “experta” doctora que se encargaba de abrir al pobre animalito, ver lo que tenía adentro, y volverlo a coser como una muñeca de trapo. Felipito era el que, mientras esto sucedía, se ponía a comer mangos. De todos creo que era el tipo más inteligente.

Recuerdo que jugábamos al “comefango” con un tenedor viejo y, en la época de los patines, por poco dejamos a la cuadra sin un personal que rebasara los 60. Le tiramos huevos a las guaguas (en los tiempos que sobraban) y condones con sustancias misteriosas a una vieja odiosa que vivía en la esquina, bailamos trompos que rompían cristales y de algún pelotazo hicimos trizas par de ventanas.

A todos nos llevaron a hacernos pruebas psicométricas alguna que otra vez. A algunos más que otros. Sí… éramos unos locos. Unos loquillos semi-desnutridillos felices.

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