El concierto de Santiago Feliú fue impresionante. Él, como en su casa, repetía temas y yo, como casi siempre, comenzaba a llorar con sus canciones (no con todas, por supuesto).

Una bandera gigante era el atrezo del escenario. Una bandera, cuatro guitarras y un piano. Las luces, sencillas, creaban un efecto mágico y la batería al fondo recreaba ese estilo de los 80 que no llegué a disfrutar plenamente por nacer, desgraciadamente, en los últimos años de la década. Fueron dos horas de buena música… de cuerdas de guitarra rasgando el viento y multitudes de gargantas coreando versos.

Por eso me duele tanto que antes de entrar siquiera, un desconocido, siguiendo estereotipos, me soltara en pleno rostro:

Tú no luces como una seguidora de Santiago.

Las palabras, como cuchillos, vinieron a clavarse en el orgullo propio que me acompaña a los conciertos. Yo, en tacones, con una saya a media pierna, negra, quizás un poco abierta, una blusa sin hombros y una libélula descendiendo de un cuello blanco que usualmente no lleva aditamentos, no pude quedarme callada.

Una cosa es lo que se luce y otra lo que se siente– le respondí. Y, logrando controlar mi temperamento, cansada de tantos modelos sociales, le pregunté:

Cómo es que lucen los seguidores de Santiago?

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