Cuando aquella tarde se abrió el cielo y un haz de luz descendió sobre la Tierra, el mar acalló su acostumbrado rumor y recogió entre sus olas a los ángeles heridos que caían de las nubes. La orilla rocosa se volvió arena al tocar las alas desvaídas y cada aro dorado se deshizo en gotas de espuma que un viento triste arrastraba antes de volverse brisa.

Fueron muchos los ángeles que renegaron del Paraíso.

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