Eran cientos y cientos de botes. De remos, de velas… de papel.

Una fila compacta de prófugos que volvía a echarse a la mar. La calma de las olas los había decidido y, con paso sigiloso, surcaban las lágrimas de sal de la Tierra.

Yo los vi partir… llevaban en el mástil las velas negras del destierro.

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