Las olas rompían con furia en aquel malecón añejo que protegía a la ciudad de un ataque divino; la espuma bañaba las rocas de la orilla y el faro, a lo lejos, proyectaba una luz guía.

La tarde no alcanzó para soñar historias, para descubrir secretos, para concretar los besos… Sin embargo, la mar, con su manera sutil de volverse cómplice, reflejó los colores de sus ojos en el precioso atardecer que despertó a la noche.

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