Ayer fue un día de sorpresas. Grandes, fuertes, inesperadas. Ayer fue un día de teatro.

“La pintura y otros lugares”, una creación colectiva del Espacio Teatral Aldaba, inspirada en la obra plástica de Alain Kleinmann, ha sido la obra más emotiva que he visto en mis apenas 23 años.

Basada en experiencias personales de los actores que son encauzadas a un guión de primera la obra hipnotiza desde el comienzo. Los efectos de luces son impresionantes y desde que se cruza el umbral de la puerta el espectador entra en un mundo mágico. Las escenas fluyen con facilidad y los actores mantienen el enganche en todo momento.

Yo tengo que confesar, sin embargo, que la última escena me deshizo el alma. “Mis muertos” era el nombre, y yo, que aún no me recupero, vi desfilar ante mis ojos a los abuelos que perdieron mis amigos, a mi ángel de la guarda y a la ancianita enferma que mi hermana, entre sus manos de artista, mostraba al público en una foto descascarada. Recordé a Rafa y su abuela de ojos verdes, a Leydi y sus muñecas, a Izma, al Camarero, recordé a Kym y su abuela blanca, a las tres abuelas de Alejo, a Nyliam y su abuela Juana, a la Mariposa que sobrevuela mis textos… recordé aquellas caricias que tanto extrañaba, los dulces almibarados y los cuentos antes de dormir.

No pude evitarlo, en medio de tantos recuerdos, comencé a llorar. Y lloré sin contener las lágrimas, con frío en el pecho, con la certeza de la muerte. Lloré por los ángeles que se han ido, lloré por los que quedan. Lloré porque necesitaba un abrazo… porque necesitaba un beso.

Las luces me descubrieron en la butaca con los ojos rojos.

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