Aquel barco de papel naufragaba en la distancia mientras las olas lo iban engullendo despacio. Primero fue una pequeña la que le lamió la proa y luego otra, un poco más grande, lo inclinó hacia babor. Sólo las velas se distinguían entre la espuma que salpicaba a los marineros hasta que, lentamente, estas también desaparecieron.

Ann y María presenciaron el suceso desde la orilla y, mientras la última intentaba recoger los restos del hundimiento, Ann le acariciaba la cabeza a la pequeña capitana que hacía solo unos minutos había echado su barco a la mar.

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