Aquella muchacha veía en colores y por supuesto, como todas las personas que son diferentes, vivía encerrada en un manicomio. Yo la conocí un día que fui a visitar a mi otra abuela y me encantó su manera de ver la vida. Hay locuras preciosas, tan coloridas que no vale la pena volverse cuerdo. Y esta era una loca fenomenal.

Según Karla yo soy roja con manchas blancas y mi abuela es de un carmelita casi llegando a marrón, ella es azul y las enfermeras que la cuidan grises. Los edificios y las casas no tienen color y puede ver a las personas que se mueven dentro como si llevase en los ojos una cámara térmica o rayos infrarrojos.  Por supuesto que es muy discreta y cuando ve dos colores juntos enseguida cambia  la vista, ella no quiere entrometerse en nada y la intimidad es la intimidad.

Según el médico tiene una esquizofrenia ligera y le curan los colores con una pastilla.
Karla es la loca más cuerda que tenemos -me confiesa al oído- pero las reglas son las reglas.

Pobre Karla… si yo fuera ella no me gustaría que me quitaran mis colores.

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