Y ahí estaba él… alto, de ojos negros, con el pelo gris de quien ha crecido en poco tiempo, con la Kodak al hombro (o algún otro tipo de cámara), con la mirada segura, con las manos suaves, con la palabra a flor de piel.

También estuve yo… y recorrí con mis manos sus 190 cm, saboreé con mis labios sus palabras pétalos y esperé con el cuerpo mojado por esa cámara maravillosa que prometía todo tipo de imágenes.

Fueron 3 horas de historias contadas, de páginas leídas, de cuerpos mojados… 3 horas eternas en las que estábamos él, yo y la bendita cámara que documentó toda la historia.

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