Un regalo común no serviría, no con Ann. Ella quería más… la distancia era sólo un pequeño obstáculo para alcanzar su objetivo.

Yo siempre he oído que las estrellas no regalan su polvo fácilmente, que hay que recogerlo de alguna enana mañanera o de alguna supernova rezagada y, así y todo, es muy difícil. Sin embargo, Ann es de las que no se rinden y luego de largas noches de insomnio dio con Sirius. Lo encontró dormido, recostado al borde de la Luna, casi a punto de caerse. Y como es buena lo recogió y lo tapó con una nube… y le cantó la nana de las estrellas.

Sirius siempre ha sido un niño travieso, tanto, que al verlo dormido Ann se enterneció. Si no hubiese sido por el Sol que la sacó de su ensueño se hubiese quedado sin aquel dichoso mechón dorado.

Al cabo del día tenía listo su regalo; lo había envuelto en papel rosado y se veía impresionante.
Hoy en día su abuelita mantiene en la mano aquel pañuelo bordado con cabellos de estrella.

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