A veces llueve y te quiero. A veces sale el sol y te quiero. La cárcel es a veces. Siempre te quiero. (En una prisión en Montevideo).

Te quiero por la mañana, porque el Sol me hace recordarte, te quiero en las tostadas que me preparo (en las que no se me queman), imaginando, solo por un segundo, que me trago tu boca. Te quiero al mediodía, cuando el trabajo me agobia y  te imagino cerca, sonriendo y haciendo alguna que otra pregunta tonta. Te quiero por la tarde, a eso de las cuatro, cuando me asomo a la ventana y te veo en las nubes, escondiéndote para que no sepa que me espías. Te quiero cuando como y me levanto a fregar, aunque este es un querer más bien obligatorio, a fuerza de costumbre logro pensar en ti (eso cuando no me mojo mucho). Te quiero también de noche, cuando miro las estrellas y pido mis deseos… cuando la Luna aparece y me pone nostálgica.

Te quiero todos los días. Cuando llueve, cuando sale el Sol. Te quiero incluso de manera masoquista, a veces un poco sádica, miserable, histérica… (Esperando siempre que no lo notes, por supuesto).

Al fin y al cabo lo importante es que te quiero… ¿no?

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