Ann se despertó muy temprano pensando que ese viernes iba a ser especial. María no se había aparecido en toda la semana y al fin, después de tanto tiempo, tendría un día para ella sola.

Ann se sentía feliz, aquel muchacho de ojos marrones la había invitado a comer y, contra todo pronóstico, a pesar de las advertencias de María, había aceptado.
El vestido rosa de muselina resaltaba su pelo rubio y los rizos le caían sobre los hombros como si la princesa de un cuento se tratara. (Ya he dejado bien claro que Ann se sentía feliz).

A las 8 menos cuarto, como si de un reloj habláramos, tocaron a la puerta. Él estaba plantado con una rosa roja y una sonrisa deslumbrante. Ann se sintió desfallecer.
Salieron, comieron, bebieron, conversaron… incluso vieron la última película de Almodóvar. Todo parecía estar perfecto.

Por fin, a las 12, él la acompañó a la puerta y levemente se le acercó al rostro. El beso parecía inminente y el corazón de Ann saltaba en su pecho… él era el indicado, lo presentía.

El beso fue magnífico, de esos que hacen temblar la tierra. Ann se sintió extremadamente feliz. Lo triste fue que al final, luego de aquel momento tan íntimo, aquel muchacho de ojos marrones, la llamó María.

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