El me ve, sé que me observa mientras camino, siento sus ojos sobre mi nuca… vigilándome.
Yo, como si nada, continúo mi andar sinuoso y le dedico la mejor de mis sonrisas al muchacho de ojos azules que lee aquel libro gastado. Márquez en sus manos se ve delicioso.

Me volteo y una ráfaga de aire vuela mi saya… una pequeña franja de muslo asoma a la vista de aquel que aún me sigue. Temo mirar atrás. La saya roja continúa su lucha contra el viento que está determinado a arrastrarla en su ascenso… ya no es tan pequeña la franja de piel mostrada.

Incremento mi paso y, ante el apuro, un mechón rebelde escapa del apretado moño que suelo llevar, la visibilidad es escasa y los rizos no quieren volver a acomodarse.
Asustada, termino por soltarme el pelo y apurar la caminata que me lleva hacia el trabajo. A la vuelta de la esquina me paro y escucho, creo que lo estoy perdiendo… ya no siento sus pasos en mi sombra.
Respiro aliviada y retomo mi paso antiguo… el lento, el cadencioso.

Cada día es así… jugamos a cazarnos. Esta vez me tocó a mi ser la presa.

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