Las palabras susurradas al oído hacen que su piel hierva, sus piernas se entrecruzan y sus labios se entreabren buscando contacto.

La voz que le habla es fuerte, de las que se desean, de las que ponen a volar la imaginación.
La seda, lo que queda de su camisón, cae en silencio al suelo y mientras cae, el roce de la tela la quema.

Febril, busca consuelo en un trozo de hielo que, resbaloso,  se desliza por su abdomen mientras el frío la hace estremecer.

Nada, que por teléfono también se pueden tener fantasías.

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