Sentado en un banco del parque va pasando de una en una las hojas de aquel libro viejo. Él, ensimismado en la obra, casi no respira, el viento revolotea un mechón azulado de su negra cabellera y, casi sin inmutarse, expulsando un suspiro, se lo acomoda.
Debe tener cerca de unos treinta y tantos, su cara apenas muestra alguna que otra arruga empeñada a descubrirlo.

Desde mi columpio lo observo con celo, me recuerda a cierta pintura que vi en una galería, creo que se titulaba “Inmóvil”.
Lee con gusto, se nota por la avidez con que devora las páginas. Puede que luego vaya a pedirle el título.
La anciana que pasea a su perro me mira extrañada por mi interés en el lector.

Me volteo, mi columpio se empeña en alcanzar el cielo, y la luz del Sol, para variar, esta vez es tenue.

Pasada media hora y cansada de elevar los pies, me vuelvo al banco.
Está vacío. Me quedé sin poder averiguar su libro. ¡Qué lástima!

Anuncios